La preocupación patológica

El ajetreado ritmo de vida actual hace que nos sintamos en la obligación de llegar a muchas cosas a lo largo del día y que, además, nos exijamos hacerlo todo perfecto. Esto puede provocar que, en ocasiones, nos enredemos en marañas de preocupaciones interminables y no podamos cortar estos pensamientos. Los hechos que pueden causar preocupación son infinitos. La preocupación por la salud física y mental son las más habituales en la actualidad.

Quiénes se preocupan más

Existe un perfil de personas que son particularmente proclives a la preocupación, incluso en etapas vitales sin problemas. Si las cosas van bien, se preocupan por si se tuercen. Hay una especie de chequeo permanente de las propias emociones, pensamientos y conductas y se valora si son correctas o no, lo que aún aumenta más la preocupación. Pueden pasar horas pensando en lo que va o puede ir mal, incluso por temas o situaciones con muy bajas probabilidades de que ocurran, llegándose a agotar mentalmente. Al final no deja de ser un derroche de glucosa, que es la “gasolina” mental.

La preocupación como estrategia

El objetivo intrínseco de estas preocupaciones es intentar resolver posibles problemas, es decir, se utiliza como una estrategia de afrontamiento disfuncional ante las dificultades. Hay una creencia subyacente que parece indicar que, preocupándose, se encontrarán alternativas para resolver los problemas, o que se estará preparado para lo peor o incluso que quien no se preocupa por las cosas es un insensato. Sin embargo, preocuparse no sólo no resuelve nada, sino que bloquea la posibilidad de buscar soluciones creativas y realistas.

¿Cuándo es un problema?

La preocupación se convierte en un problema cuando es una actividad constante que no deja espacio a nada más. Hace que nuestro cuerpo se mantenga en alerta permanentemente, en un estado de hiperactivación vegetativa. Y paradójicamente la preocupación pasa a ser estar preocupado, por lo que se entra en bucle. La mayor parte de estos casos podrían diagnosticarse como “trastorno de ansiedad generalizada”.

Preocuparse no resuelve nada si no va acompañado de una acción posterior, de una toma de control de la situación. No en vano, el verbo preocuparse proviene de la contracción latina de “pre” y “ocupare”, que literalmente significa “antes de ocuparse” o “antes de la acción”.

Aparte de pasar a la acción, también es de utilidad dejar un espacio y un tiempo máximo para la preocupación, intentar entender el sentido que tienen esas preocupaciones en este momento concreto o utilizar técnicas distractoras.